La Espiral es una canción de mi grupo NOVA-12, donde tengo el privilegio de tocar el bajo. Es una de esas piezas que no sólo se escuchan: se atraviesan. Siempre me ha conmovido de una forma difícil de explicar, como si tocara una capa muy profunda que no siempre está accesible.

Para quienes no conozcáis el proyecto, NOVA-12 se mueve en un territorio introspectivo, envuelto en una estética del espacio exterior: sonidos ambientales, atmósferas abiertas, emoción contenida que se va desplegando. En mi experiencia, La Espiral es, sobre todo, un viaje. Un viaje que se parece mucho al que cada uno de nosotros atraviesa cuando se atreve a dar el paso. Voy a intentar narrarlo como quien escribe en su cuaderno de bitácora. Aun así, te invito a escucharla: hay cosas que sólo pueden comprenderse desde dentro.
Todo comienza en el viento. En el silencio. En esa soledad densa que recuerda a la negrura del espacio. No hay referencias, no hay forma. Y entonces, muy suavemente, aparece una melodía de guitarra lejana, casi tímida. Como un sónar buscando algo en la inmensidad. Es la señal: la nave ha llegado. El aventurero irrumpe en ese vacío y, al mismo tiempo, se deja tocar por él. Percibe la vastedad, la inmensidad. No hay miedo pero sí respeto. También una curiosidad limpia, casi infantil: la de quien contempla algo por primera vez.

Poco a poco, otros sonidos se suman. El paso se vuelve más firme. Algo empieza a organizarse por dentro. Y cuando entra toda la banda, ya no hay vuelta atrás: la aventura ha comenzado. Es ese momento en el que uno mira hacia lo desconocido y, sin saber muy bien cómo, siente la fuerza suficiente para dar el paso. El comienzo de lo que será la gran experiencia de nuestras vidas, aquello que hará historia.
Se ha abierto al final una brecha.
Me atrevo a mirar, mis pasos se alejan.
Siempre hay algo que rompe. A veces sin avisar. Una grieta en lo conocido, en lo estable, en lo que parecía cerrado. Por esa grieta entra la vida imparable. La brecha no destruye: revela. Nos obliga a mirar, y al mirar, a movernos. No desde la huida, sino desde una forma más honesta de estar vivos. No como quien se lanza sin conciencia, sino como quien, aun con miedo, elige abrirse.
En esta primera parte somos como quienes se preparan antes de una batalla. No hay ausencia de miedo, pero sí una presencia mayor: la confianza. Algo dentro sabe que puede sostener lo que viene.
Con el primer puente de la canción llegan las tensiones, los vaivenes, la fricción. Entonces tras un último acorde dominante resolvemos en la tónica del estribillo que se desarrolla como una pequeña victoria: no porque todo esté resuelto, sino porque ya estamos dentro. Esto se mueve, está vivo. Ya no somos los mismos.
Empiezo a pensar que esto es real,
Intento escapar de esta espiral.

La canción respira en ciclos: expansión y recogida, impulso y pausa. Como la vida. Como cualquier proceso profundo.
Tras una sección de sólo la canción vuelve a su inicio, al silencio donde una melodía de guitarra aparece como un sónar— algo se comprende: esto no va de llegar a un lugar definitivo, va de aprender a moverse en lo cambiante. De crear y soltar. De morir y nacer muchas veces.
La vida no es lineal. Es espiral.
Y qué más da si eres mentira,
nos quiero imaginar
viviendo nuestra vida,
olvidarnos del final.
Y volar,
y soñar,
ya que has vuelto.
No quiero seguir huyendo,
quiero hacernos realidad.
El que hace realidad aquello que siente, aquello que sabe que es pero que aún no ha tomado forma. Puede que incluso algo que sintió y que se perdió porque ya es pasado, pero que de alguna forma sigue ahí, o el que puede imaginar un futuro abierto e infinito. Volar y soñar. Ahí está la clave de todo, y en esta canción emerge con una fuerza imparable como las olas que rompen contra las rocas, como unos astronautas que se adentran en el espacio exterior para encontrase a sí mismos.

Porque, en el fondo, lo que hacemos real es aquello que nos atrevemos a habitar.
Este es, para mí, el corazón de la canción.
Dejar de huir.
Encarnar lo que sentimos.
Dar forma a eso que ya existe en nosotros, aunque todavía no tenga nombre.
Volar y soñar no como evasión, sino como acto creativo. Como gesto profundamente psicológico y espiritual: el de permitir que lo interno encuentre su lugar en el mundo.
La Espiral, tal cual la vivo yo, refleja eso. Atravesar lo desconocido para encontrarse. De perder referencias para descubrir una verdad más propia.
Como astronautas que se adentran en el espacio exterior… y terminan reconociendo que el verdadero viaje siempre fue hacia dentro.

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