
Hice este dibujo libre el pasado martes, durante un viaje a Madrid, en un momento de mucha ansiedad.
Alejarme de casa suele tener ese efecto en mí: me hace sentir un poco desprotegido.

Mientras dibujaba, sentí muchas cosas, y dejé constancia de ellas en una pequeña anotación, una especie de eco de lo vivido:
“Mi espacio interior es un sitio seguro.
El exterior lo pone mi interior.
Aquí, en intimidad.
En silencio. En calma.
Un trigal.
Reino infinito. El mío.
Lo que es. Alivia.
Lo que no es. Pasa.
(Madrid)
El Quijote. Puntos.”
Al terminar, mi energía cambió por completo.
Este dibujo me recordó algo esencial: el refugio interior.
Un espacio íntimo, sereno, donde puedo volver a mí cuando el ruido exterior me sobrepasa.
Como podéis ver, la imagen se asoció espontáneamente con tres símbolos:
el trigal, el Quijote y el espantapájaros.
El trigal representa para mí el infinito y la paz sin límites.
Cuando observamos un campo de trigo movido por el viento, sentimos algo profundo:
una calma que no necesita explicación, un recordatorio de lo eterno en lo simple.
El Quijote, en cambio, encarna esa parte de la mente que ve gigantes donde sólo hay molinos.
Esa tendencia a proyectar amenazas donde no las hay, como mi ansiedad en aquel momento.
Casualmente, el viaje a Madrid atravesó Castilla-La Mancha, y su figura estaba presente en mi imaginario, como un espejo de lo que sentía.
El espantapájaros completa el cuadro: algo que asusta, pero que no hace daño.
Un símbolo perfecto de nuestras proyecciones mentales: figuras sin vida a las que damos poder.

Si observo los trazos ahora, veo sombras largas, como las del atardecer.
Tienen una dulzura sutil, una sensación de infinito.
A la vez, las líneas firmes transmiten seguridad y confianza, como si, al dibujar, algo en mí se afirmara.
Los trazos salieron rápido, sin apenas pensar, pero después los repasé con firmeza —esa misma firmeza que, en aquel instante, buscaba dentro de mí.
El dibujo se convirtió así en un acto de canalización.
Un gesto que transformó la ansiedad en claridad.
Podríamos profundizar mucho más en esta experiencia.
En ella se refleja un equilibrio entre la mente que teme y el ser que observa.
Por un lado, el miedo, la proyección, la interpretación de los objetos como amenazas.
Por otro, el infinito, la calma que no se ve afectada por lo que ocurre.
Los objetos en sí no tienen poder.
Somos nosotros quienes les damos significado, quienes los teñimos de deseo o de miedo.
Cuando comprendemos esto, podemos actuar con más claridad, desde un lugar más sereno.

¿Y qué hay en el lado del infinito?
Hay algo que todos hemos sentido alguna vez:
en un sueño, en la contemplación de una gran belleza, o en el instante de soltar algo que ya no podíamos sostener.
Ese instante en que todo se detiene y sólo queda presencia.
Es el estado natural de las cosas.
A ese lugar deberíamos regresar siempre: el refugio interior, el centro tranquilo que nos sostiene en medio del cambio.
Porque, en el fondo, todo empieza y termina ahí.
Sea donde sea que vayamos, vivamos lo que vivamos, siempre partiremos desde nuestro interior.
Si ese lugar es seguro, allá donde estemos, estaremos a salvo.
Así es adentro, será afuera.

Si este texto te ha resonado, quizás también estés en ese camino de reconectar con tu espacio interior, con la calma que no depende de lo externo.
En mi espacio de psicología acompaño procesos de autodescubrimiento, presencia y conexión con lo esencial, un enfoque que integra lo emocional, lo creativo y lo espiritual.
📩 Puedes escribirme si deseas iniciar tu propio proceso o simplemente conversar sobre cómo volver a ese lugar de calma.
Podéis seguirme en @jorgeguillen.psicologia
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