La vida del músico es una constante crisis de identidad, unos ideales demasiado altos para una vida demasiado humilde. Cuando nos hacen pensar en un músico moderno de hoy día pensaremos en alguien que da conciertos ante miles de personas, alguien que graba sus canciones en un estudio del carajo, alguien con un club de fans que le aplaude cada canción publicada y un club igual, o incluso más grande, de haters que intentarán hacerle creer por todos los medios que su mera existencia es un insulto para la humanidad. Alguien respetado, admirado, alguien que dejará un legado, leyendas incluso. Y por qué no, también gente muy rica y famosa, aunque la fama no sea algo que atormente por igual a todos los músicos.
En esto pensamos, no solo la gente que no se dedica a ello, si no también nosotros, los músicos. Sin embargo todos somos conscientes, y los músicos más aún, de que esto es solo la punta del iceberg. Son un pequeño porcentaje de todos los músicos del mundo. El músico promedio te lo encuentras en los bares tomándose una caña a dos sillas de distancia, camuflado. El músico promedio se levanta a las 8 de la mañana para ir a sus estudios, o a trabajar. Al músico promedio no lo reconocen por la calle, ni le piden autógrafos. El músico promedio es como cualquier otra persona, pero con la bendición de la música como parte de su esencia, como una extremidad más, lo cual es un privilegio.

Su forma de funcionar también es muy diferente. El músico promedio toca cuando puede y como puede, ante públicos mucho más complicados de los que se encontraran esas grandes estrellas que llenan estadios con gente que, hagan lo que hagan, les idolatrarán. El músico promedio graba como puede y donde puede, y aunque a día de hoy cuente con la gran ventaja de internet, le cuesta horrores abrirse paso entre la gran masa de información que competirá con sus canciones. El músico promedio saca tiempo de donde puede para ensayar y componer, y tiene que enfrentarse a las críticas y el rechazo constante, lo que hará que su autoestima se convierta en algo, ante todo, cambiante e inestable.
Ambas imágenes chocan entre sí, la de músico reconocido, y la de músico humilde y de calle. Sin embargo, en lo que a experiencia vital se refiere, ambos tipos pueden sacarle a su vida musical el mismo partido. Muchas veces no es cuestión de que tus experiencias sean compartidas por miles de personas, sino de vivir entre unos pocos (los que se pueda) algo increíble, y algo que realmente valga la pena recordar. La vida del músico se vive por momentos. Yo personalmente guardo en mi memoria grandes momentos con grandes personas. Momentos, no solo de diversión en compañía de amigos, sino momentos en los que te integras con el todo que es el universo al tocar algo que conecta con tu yo más profundo y te hace volar a unos cuantos metros del suelo, levitar, sentir el frescor del viento en una habitación cerrada, sentir cómo las paredes dejan ver un infinito más allá donde no solo te componen las palabras, sino algo más, algo que no puedes describir, pero que puedes sentir. En esos momentos tu espíritu brilla, alcanzas un estado que no encuentras en tu vida cotidiana, y no es algo para lo que necesites un estadio con miles de personas mirándote. Es obvio que es algo que quieres compartir con la mayor cantidad de gente que puedas, pero a veces con estar con tus amigos, o incluso contigo mismo, puede ser más que suficiente. No hay que frustrarse, pero tampoco hay que pararse. Acumular experiencias, acumular momentos, hacerlos cada vez diferentes, evolucionar. Y como experiencia comunitaria que es la música, tienes que intentar que esos reflejos de vida que tus notas esparcen toquen al otro yo de cuantas más personas conozcas.

La música es una gran aventura, más allá de cualquier ideal o cualquier meta que te puedas poner. La música es el camino, son los detalles, son los matices de algo que te teletransporta más allá del entendimiento. Te transporta a aquel lugar donde las palabras sobran y solo se puede sentir. Es como otro nivel de existencia dispuesto a ser conocido por quienes se aventuren a iluminarlo con retales de su vida (fotos a contraluz). Pero es, ante todo una experiencia, donde tanto la individualidad como la colectividad cobran sentido. Tanto ese momento de catarsis multitudinaria como ese momento de catarsis solitaria toman sentido. Es por ello que hay que alejarse de ideales y simplemente experimentar, sentir. Porque la música es eso, otro estrato de la realidad, un portal mágico a algo a otro lugar, y eso es más valioso que cualquier reconocimiento, cualquier premio o cualquier inflada de ego. Es algo valioso por sí mismo, por el mero hecho de existir, desde eso que te hace sentir en tu soledad, a eso que hace sentir a la colectividad. Cada nota emitida, cada canción, cada experiencia vale la pena, y goza de valor por sí sola. ¿Por qué buscar más si ya lo tenemos todo?
Mi consejo: aprende a apreciar cada detalle y cada experiencia que la música te proporcione, sea sencilla, sea grandiosa. Pero sobre todo date tiempo, pues todo en este mundo necesita su tiempo. Date tiempo a experimentar tanto lo bueno como lo malo, acepta cada sensación y déjalas fluir, pues lo malo vendrá y se irá, y lo bueno cuando llegue valdrá la pena recibirlo. Simplemente vuela, y no te quedes varado en sensaciones masivas y pensamientos autodestructivos. Siéntete como lo que eres, y no infles tu ego, pues no eres más que cualquier persona que va a escucharte. Comparte, pues la música es una experiencia comunitaria, pero también valora los buenos momentos en soledad, pues la música también es introspección. También recuerda, y esto es importante, no vivir la música como un “yo”, sino como un “nosotros”. Cuando un grupo que admiramos triunfa, nosotros también triunfamos, cuando fracasa nosotros también fracasamos. De la misma forma, tus éxitos y fracasos serán también éxitos y fracasos para el gran colectivo que representas, para todas las personas que comparten esta gran experiencia contigo. Recuerda que cuando la gente te escucha es porque has sabido reflejar algo que también forma parte de ellos, por lo que no es tanto una cuestión de “esto soy yo” sino un “esto somos”. No hay jerarquías, todos somos iguales y todos lo vivimos por igual, no lo olvides. En definitiva déjate llevar, ve a donde la música te lleve y vívelo al máximo.

Si eres músico o la música es parte esencial de tu vida aunque no la crees, te mando un abrazo cibernético y espero que este post te haya ayudado a adquirir una nueva perspectiva. Te animo a fomentar la unión y la conexión entre músicos, entre consumidores de música y entre ambos. Permite que la música sea un instrumento unificador, el medio por el que podamos encontrarnos y ser uno solo, y además una forma de descubrirnos a nosotros mismos y a nuestro mundo.
Por la música, portal interdimensional, o puerta a lo que de verdad se te escapa entre palabras y justificaciones, la vida.
Deja un comentario