Nada como una paradoja para comenzar a divagar sobre algún asunto filosófico. ¿Conocéis la paradoja del calcetín? Os la explico brevemente: imaginad un calcetín al que le sale un agujero y le ponéis un parche. Con el tiempo aparecen más y más agujeros que vais arreglando con más y más parches. Imaginad que el último pedazo de calcetín cae, y lo reemplazáis por otro parche. Ahora todo está formado por parches, y la tela que conformaba en un principio el calcetín ya no está. La pregunta es: ¿sigue siendo el mismo calcetín?
He planteado esta misma paradoja en otros sitios más, y las respuestas ante la misma suelen ser variadas. Algunos dicen que es el mismo calcetín, pues sigue desempeñando su cometido inicial. Otros dicen que no es el mismo, pues la tela era lo que le hacía ser ese calcetín en concreto y no otro. Ciertamente las paradojas no tienen una única solución y simplemente son formas de fomentar la reflexión sobre ciertos temas, por lo que cualquier respuesta podría ser válida de ser bien razonada. Sin embargo vamos a ir un paso más allá y vamos a aplicar la paradoja del calcetín a nosotros mismos.
Hace unos días reflexionaba sobre lo que debe ser el “no existir”. Supongo que todos de vez en cuando pensamos en la muerte e intentamos alejarnos del miedo que nos produce imaginando lo que habrá después. Lo que hay después es básicamente la no existencia, y siempre he llegado a la conclusión de que no puedes comprender lo que es no existir desde la existencia, pues son dos cosas totalmente incompatibles. No puedes interpretar la muerte en términos de vida, imaginarte que será como estar dormido, que será como estar en otro sitio… Eso es en cierta forma interpretar la muerte desde la vida, dándole características propias de la vida. Por tanto al hacerlo estamos cayendo en un error ciertamente. Pese a mi búsqueda de respuestas, siempre llego a la conclusión (triste y a la vez tranquilizante) de que no podemos saber lo que es porque no podemos comprender lo que es la no existencia desde la existencia, la vida no puede interpretar a la muerte porque no forma parte de su naturaleza. Esto tranquiliza porque todas tus hipótesis terroríficas sobre lo que es la muerte son inválidas, pero a la vez te deja con la duda de no saber lo que hay (o más bien, lo que es).
Ayer mismo me encontraba divagando sobre el mismo asunto, y llegado a este punto pensé: vale, no sabemos lo que es la no existencia, pero ¿qué es la existencia? Quizá si supiéramos con certeza lo que es existir podríamos intuir mejor lo que debe ser no existir. Aquí es donde entra la paradoja del calcetín, y el intento de definir lo que somos, algo complicado hasta puntos inimaginables.
Somos personas, individuos de carne y hueso con una identidad que se mantiene a lo largo del tiempo. Sin embargo ¿nos pertenece nuestro cuerpo? Nuestras células se van regenerando constantemente, y lo que nos conforma hoy en términos de materia no es lo que nos conformaba hace diez años, sino que lo hace la materia que hemos ido tomando del medio a lo largo del tiempo. Nuestro cuerpo no nos pertenece, ni si quiera lo vivimos en primera persona, sino que lo interpreta nuestro cerebro. Podríamos considerar que somos un cerebro, puesto que todo lo que percibimos y sentimos en definitiva es lo que conforma nuestra experiencia vital. Sin embargo el cerebro es una maquinaria, y le ocurre lo mismo que al resto del cuerpo, se va regenerando. Entonces, ¿qué queda?
Queda la electricidad, los potenciales sinápticos que se transmiten de neurona en neurona y que hacen funcionar a nuestro cerebro. Electricidad, electrones viajando a lo largo del cuerpo celular, enviando finalmente en el axón los neurotransmisores a la neurona siguiente que activarán de nuevo el potencial de acción que recorrerá la neurona repitiendo el proceso. Hasta ahora de todo lo que he estudiado sobre el cerebro, esto es lo máximo a lo que he visto que puede reducirse el funcionamiento del cerebro, a electricidad que pasa de neuronas en neuronas. Luego nos explican para lo que sirve cada región del cerebro y cómo se transmite la información de un sitio a otro, pero ¿eso es todo? Igual sé demasiado poco sobre neuropsicología, pero a mí esto no me aclara demasiado. ¿Cómo pueden todos esos potenciales de acción dar lugar a un recuerdo, a una sensación? ¿Cómo tienen que producirse para que mi brazo se levante, para que sienta amor, para que vea el exterior? Yo desde luego no lo sé, y no sé si la neurociencia habrá llegado hasta tanto. Supongo que de saber todo esto ya hubiéramos creado vida por nosotros mismos.
Y llegamos a lo mejor de todo, ni si quiera la electricidad es algo estático, sino cambiante. Es energía que aparece y se va. Ni siquiera podemos decir que ciertos electrones nos pertenezcan. Son como la gasolina, una vez usada cambia de estado y se va. Si no somos el motor, ni somos el combustible ¿Qué somos? ¿Somos un efecto mariposa de la materia? ¿Somos un proceso más que un estado? ¿Qué es lo que me hace mantenerme como individuo si todo lo que me conforma son partes prestadas del universo que una vez usadas vuelven a él para poder tomar otras nuevas?
Si hablamos en términos de universo ocurre algo similar a lo que ocurre cuando pensamos en la no existencia desde la existencia. Podríamos considerar que somos parte de una unidad llamada universo, una sección de universo que ha adquirido la individualidad momentánea y ha salido del mismo. Podríamos estar intentando entender lo que es el todo desde una parte aislada (o sea, nosotros), y volvemos a lo mismo, no podemos entender lo que es el todo desde una de sus partes, la unidad desde la colectividad.
Pues amigos, hasta este punto he llegado en esta cuestión, y realmente más que llegar a una idea determinada lo único que he hecho es llegar a más y más preguntas. Si alguno de vosotros ha podido llegar más lejos le animo a plantearme qué ha concluido y cómo ha llegado hasta ahí. Sé muy poco sobre neurociencia, biología, química o física. Son campos que debería manejar para hablar en estos términos, pero mis conocimientos a día de hoy son un poco limitados al respecto. Me encantaría con el tiempo poder conversar con alguien que domine esos campos y poder avanzar más en conocimiento y comprensión de la realidad y de nuestra esencia. Y esto hablando de campos científicos, pero estoy seguro que la filosofía también ha debido llegar muy lejos en esta cuestión (puede que incluso más que la ciencia) y estaría interesante conocer lo que han podido avanzar al respecto.
No sé lo que somos, ni tampoco sé si algún día lo sabré, pero desde luego, hemos de reconocer el valor de algo que es resultado de tantas circunstancias y variables que, pese a no tener ninguna conexión entre sí, acaban alcanzándola para dar lugar a algo tan complejo como es una vida. Y cada vida es un mundo, un universo de sensaciones, emociones, recuerdos, una identidad, formas únicas de hacer conexiones. Ni si quiera con el esfuerzo de todos los matemáticos del mundo podríamos lograr predecir con precisión en el 100% de las ocasiones el por qué una persona hace lo que hace, o siente lo que siente. Somos fascinantes, y descubrirnos es el mejor de los retos posibles.
Un saludo y no dudéis en compartir vuestro punto de vista.
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